Texto Fundacional

El sueño colectivo es un colectivo formado por tres productoras culturales (Montse Romaní, María Ruido, Virginia Villaplana), de diverso bagaje y recorrido dentro de la práctica artística que genera escritos, obras en soporte audiovisual y proyectos comisariales.
Nuestro trabajo de investigación se inicia en el año 2002 y culmina con la edición del video-ensayo Las Narrativas del Trabajo en el 2005. Éste combina una variedad de análisis críticos culturales que van desde las diversas teorías políticas feministas, los estudios culturales, los estudios de comunicación audiovisual, las recientes teorías de género, así como las teorías espaciales.
El sueño colectivo podría definirse como un proyecto de reflexión en formato textual y audiovisual sobre la generación de plusvalías a partir de nuestros cuerpos en los espacios públicos y privados, instituidos por el tardocapitalismo postfordista, no sólo a partir de las nuevas condiciones del trabajo, sino también en la instrumentalización de nuestro tiempo de ocio, convertido en tiempo de producción a través del consumo y la fetichización del deseo.
Tomando como punto de partida la mirada curiosa y la metodología transeúnte del trabajo de Walter Benjamin a través de algunos centros de ocio y consumo de su tiempo (recordemos que el inconcluso Proyecto de los Pasajes mantuvo la atención del autor desde 1924 hasta su muerte en 1940), nos propusimos una deriva detenida por los "paraísos artificiales" de nuestro principio de siglo, esos territorios (los centros comerciales, los parques temáticos, las salas de videojuegos, los macrocines, los gimnasios, los grandes centros culturales, los supermercados, las grandes cadenas multinacionales de comida rápida, los sex shops, los peep shows...) que tienen en común la absoluta necesidad de dinero para su franqueo y disfrute, la cosificación de sus productos (ya sean cuerpos u objetos), la legitimación y visibilidad social por medio del consumo, la mercantilización paliativa de un deseo reificado y estandarizado, la transmisión de valores ideológicos a través de aparatos culturales y/o espectaculares sutilmente velados como un tiempo de libertad y elección.
Todos ellos, como los aeropuertos, como los cajeros, como las salas de espera, como las autopistas, o como -también- los campos de concentración o los internados de uno u otro signo, tienen el signo de los no-lugares, espacios de tránsito donde nuestras identidades (y muchas veces nuestros derechos más básicos) se ven restringidas e incluso a veces suspendidas, territorios extradomésticos e incluso extranacionales, donde el concepto de espacio público es imposible a pesar, en muchos casos, de su calidad de escenarios urbanos e incluso naturales, donde cualquier heterogeneidad o diversidad es asimilada y desactivada en su disolución como objeto/sujeto de consumo y /o deglución.